




Lo que la oruga llama fin, Dios lo llama mariposa...



Lo conozco hace 6 años, deberíamos llevar 5 años y un poco más pololeando, pero en honor a la verdad llevamos 4 años dos meses? entre sumas y restas ya he perdido la cuenta, pero poco importa. Es simplemente mi Jose, por estos días, mi panda bombero. Porque sí, tal como ya es evidente, mi novio se hizo bombero. Un acontecimiento no menor considerando cuán aprehensiva soy, en especial, con él. Mi pensamiento catastrofal me hace temer todas las noches, pero el miedo está pasando y estoy cada día más orgullosa. Menos mal que en San Miguel hay más accidentes de tránsito que incendios-muy a su pesar-y se sienten más las sirenas de los carabineros que la de los bomberos.
Sólo recuerdo ojos y sonrisas, los rostros se fueron a vivir a un lugar recóndito sin dirección. Recuerdo la voz de los niños y las tímidas palabras de los más pequeños, con quienes tanto me costaba relacionarme en aquel tiempo. Me acuerdo de estar parada cantando una canción y advertir que una pequeña y fría mano apretaba la mía sin previo aviso, o al dar media vuelta recibir un abrazo con un beso pegajoso de dulce y tierra.

Siempre usaba la misma bufanda fucsia, a pesar de que ropa y accesorios era lo que menos carecía. Ese día se peinó de una manera diferente: para sorprender a sus admiradores. Se puso su nuevo brillo labial y llamó a su invitado para confirmar el encuentro: 17.00 hrs. en el café de moda.
Caminaba con gracia, sabiéndose dueña de todas las miradas, encantando a quién se le pusiera por delante, sonriendo con la sincera facilidad de quien lo ha tenido todo. Conseguía todo lo que quería sólo con una mirada cómplice y una sonrisa coqueta, irresistible para cualquier persona, en especial si esa persona era hombre.
Siempre fue mimada (y lo siguió siendo hasta el fin de sus días), rodeada de lujos que no le correspondían, en honor a la verdad.
Adoraba a su padre como una Electra que se precie de tal y con su madre tenía relación difícil, no se sabe si por sentir celos del padre o por su pasado humilde, que nunca dejó de avergonzarle. Que una señorita que se codea con modelos y productores la mayor parte de su tiempo tenga una madre que haya vendido verduras en la feria, era francamente una vergüenza insoportable, impensable, imposible.
Nunca entendió bien la historia de cómo su padre, un hombre encantador, apuesto, galante, emprendedor, exitoso…y varias cosas más, se haya fijado en una mujer tan simple como su madre, aunque a decir verdad, poco le importaba.
Sí, la quería y le estaba agradecida de la vida que tenía, pero no soportaba su falta de ambición, su conformismo mezquino, su apego a lo intangible y sus consejos certeros.
Ya eran casi las 17.00 cuando cruzaba la avenida principal de la ciudad y en la plaza más cercana un hombre la reconoció a la distancia. Primero pensó que era un sueño, como tantas veces le había pasado, pero luego comprendió que era verdad y sonrío con esa facilidad de quién no tiene nada más que vida.
Llevaba tanto tiempo buscándola, llevaba tanto tiempo intentando seguirle el rastro. Ya la había visto varias veces en la vida, pero nunca la había encontrado tan hermosa como esa tarde. Se fijó que andaba con la misma bufanda fucsia.
Él jamás podría darle la vida que ella quería, a la que estaba acostumbrada y se había conformado con seguirle los pasos…tal vez un día…en una de esas…si tan sólo ella…quizás él…no. Desechó prontamente esas ideas, aunque volvían a aparecer, intrusas, en sus sueños durante las noches de invierno.
Ya sabía donde vivía, la había seguido los últimos días para saber si era o no esa su casa…su bella casa. También la había visto por esa misma ventana en varios momentos del día. Sin lugar a dudas debía ser su pieza.
Había hecho la promesa de no acercársele, pero tenía un plan mejor.
Era jardinero hace años, aprendió el oficio de su padre, a quién le enseñó su padre, a quién le enseñó su padre. Si es que existían otras opciones en la vida, nunca lo supo, pero había a aprendido a amar las flores tanto como a ella.
Y se dedicó a plantar y cuidar las mejores flores de su pequeña mansión, más llena de sueños frustrados que muebles y más grande en corazón que en tamaño.
Ella se llamaba Camila, pero como es un nombre muy común, al cumplir 18 años se lo cambió por Camille, para darle el shic francés que toda modelo debe tener.
Ya tenía 23 años y era cada día más hermosa y arrogante. A su madre no le gustaba lo mal acostumbrada que estaba a vivir entre lujos y elogios, pero siempre fue los ojos de su padre, desde el momento en que se conocieron. Aunque afortunadamente, pensaba la madre de Camila, ella no se acuerda de ese momento.
Camila estaba al frente de su espejo de cuerpo entero cuando quiso ir a observarse en su espejo de mano más cerca de la luz natural. Grande fue sorpresa al descubrir en el marco de su ventana una hermosa gerbera fucsia…exactamente el mismo fucsia de su bufanda favorita. “Qué coincidencia” pensó de inmediato, jamás sospechó que aquél nimio detalle fuese pensado con dedicada paciencia. Pensó que tenía un nuevo admirador y se emocionó ante la idea. Dejó la flor sobre su cama y siguió maquillándose.
Desde aquel día, todos los días la esperaba una flor distinta en el marco de su ventana. Incluso cuando hacían fríos glaciares o caían copiosas lluvias. Camille pensaba que su admirador secreto debía ser un hombre aventurero, que cada día la deseaba más. La idea le entusiasmaba, pero tenía tantas distracciones que lo olvidaba durante el día.
Y así se fueron sucediendo dalias, fucsias, geranios, claveles, girasoles, crisantemos, rosas, jazmines, lirios, magnolias, tulipanes, narcisos, nenúfares, nomeolvides, orquídeas, petunias y hasta nenúfares. Inclusive si la flor no era de esa estación, el jardinero se las ingeniaba con su sabiduría popular y la ayuda del conocimiento intuitivo de quien comulga a diario con la naturaleza, para hacerlas crecer y llevárselas a su amada Camila.
A veces le llevaba flores amarillas cuando la notaba levemente triste (que en realidad era “menos alegre”, porque una mujer de su estirpe no permite que la tristeza le empañe el rostro). Otras, le llevaba flores azules, para que le ayudaran a relajarse y demostrarle secretamente su cariño de fugitivo. A veces llevaba flore s de varios colores para que nada le faltara en la vida (aunque en el fondo sabía que había nacido con la estrella de la buena suerte) y cuando la notaba desinteresada le enviaba flores rojas para revivir el entusiasmo de aquel tácito lenguaje en el que se encontraban, o más bien, en que él pensaba encontrarse con ella. Camille, la bella Camille, nunca se interesó por el sagrado lenguaje de la naturaleza y jamás sospechó siquiera que cada flor y cada color significaban algo que este secreto personaje intentaba inútilmente transmitirle.
Un día el jardinero iba a colocar su clásica flor matutina afuera de la ventana de Camille, cuando se encontró con la madre de ella. Ambos se miraron con el horror de quien ve en el espejo el recuerdo más vivo del pasado que no quiere ser vuelto a mirar.
-“Prometiste que no vendrías”-dijo la madre de Camila.
-“Tranquila. Sólo vengo a dejar esto. Ella no me conoce y no lo sabrá tampoco”.
-“Por favor, ándate. Sabes que somos felices así, no tienes derecho…”
Dando una media vuelta, dejó a la mujer hablando sola y se marchó en silencio. No hay porqué repetir lo que ya se sabe. Él era el verdadero padre de Camila, pero nunca pudo darles a ella y a su madre la vida que merecían. Su mundo era el jardín y su religión la naturaleza. Fue demasiado inmaduro para asumir sus responsabilidades, y sin pensarlo dos veces se fue. Tarde se arrepintió, pues su mujer y su hija tuvieron un mejor futuro del que cualquiera de ellos hubiese imaginado jamás. Su presencia no era más que un incómodo secreto, de aquellos que estorban de por vida, que son tan secretos que ni siquiera se recuerdan.
Esa tarde Camille se dio cuenta que por primera vez no recibió flores en su ventana. Esperó hasta el día siguiente, pero nada. No había rastros de quien fuera hasta entonces su más fiel admirador. No le dio mayor importancia, ya había encontrado un novio del ambiente, de esos que a ella tanto le gustan y que sus padres tanto temen.
Esa tarde el jardinero no llegó a su trabajo y un ramo de nomeolvides quedó tirado sobre el pavimento de la ciudad.
Tenemos una tía esquizofrénica, que cuenta la historia, se trastornó al ver a su madre sufrir las consecuencias de la guija. Siguiendo sus pasos, ella se dedicó al espiritismo, y según los testigos, un alma en pena se le metió en el vientre y trastornó a su hija también. Una cadena de mujeres locas destinadas a la oscuridad. Otra tía que vivió en mi casa, también hacía espiritismo. Mi abuela decía que una de esas ánimas la poseyó y dejó la casa cargada. No se si sabe si fue esa ánima o una depresión eterna la que la indujo a quitarse la vida en la tina del baño. Al menos en algo tenía razón mi abue: esa casa está cargada. Todos quienes vivimos ahí tuvimos que sufrir los embates de la magia negra y el dolor de la separación.
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