


Lo que la oruga llama fin, Dios lo llama mariposa...
En un lugar del cerro, donde la tierra es dura y seca, por generación espontánea, creció un día un manzano. Lo más curioso, no es sólo que esa tierra es poco apta para plantar, sino que nadie lo plantó. Mi tata cuenta que mi abuela tiraba las corontas de manzana por la ventana, por si algún día crecía un árbol. Hasta el momento es la teoría más aceptada.
Luego del primer impacto al encontrarlo, vino otro. Mi tata nos pidió a mi mamá y a mí que le hiciéramos Reiki a algunos árboles que no estaban creciendo muy bien, entre ellos, el manzano. Ambas tenemos varios años de experiencia haciendo Reiki y hemos atendido varios pacientes con las más diversas enfermedades, pero nunca habíamos sentido una energía aúrica tan potente en un ser humano, menos en un vegetal. Se trata de una fuerza electromagnética, igual que un imán. Las manos canalizan tanta energía cuando entran en su aura, que rápidamente se calientan y empiezan a punzar fuertemente, no es un simple cosquilleo como sucede al tocar a una persona. Nos miramos atónitas “¿sentiste eso?” Desde aquel día, bajamos cada cierto tiempo a ver al manzano y siempre su energía nos sorprende. Se siente tan compacta…es difícil de explicar, es muy potente y no-humano.
Cierto día, quisimos hacer experimentos con un péndulo de cuarzo, midiendo la energía de diferentes cosas, y por su puesto, el primero en la lista fue nuestro misterioso árbol. Como era de esperar, el péndulo comenzó rápidamente a moverse en el sentido de las agujas del reloj (dirección correcta) y el diámetro del círculo se fue ampliando hasta alcanzar casi
Creo que fue ese mismo día cuando nos pasó lo más espectacular de todo. Estábamos haciéndole Reiki en silencio, maravilladas por lo que percibíamos, cuando de pronto miro mi mano a contraluz y noto un borde blancuzco, como una neblina que rodeaba mi mano. Luego, de la yema de mis dedos, comenzó a salir un humo similar al vapor de la tetera, que ascendía hasta perderse de vista. Guardé silencio y seguí experimentando: con la otra mano, con otro fondo, con otra luz, en otro lado, y siempre lo mismo. Miré las ramas del manzano y vi entre ellas pequeñas fibras transparentes que se cruzaban, pensé que era una telaraña, pero era muy grande. Venciendo mi temor, pasé mi mano una y otra vez por ese espacio y no sentí nada. Volvía a mirar y ahí estaban los “hilos”. Todo era muy extraño y yo seguía sin decir una palabra.
Más tarde, fuimos a medir otra planta, cuya energía estaba muy disminuida. Justo desde su centro vi salir el mismo vapor ascendente que vi en mis dedos, pero era mucho más y salía rápido. Pensé que algo se estaba quemando, busqué y no encontré nada, además, no había olor. Miré la planta de distintas perspectivas y veía lo mismo. Si lo que estaba viendo era energía, esa planta tenía una fuga importante que le estaba causando la desvitalización. La escena no se detuvo y me atreví a hablar: “mamá, he estado viendo cosas”. Ella me miró sonriendo, como sabiendo qué le iba a decir “¿Cómo qué cosas?”. Le expliqué todo y ella rápidamente respondió “yo también he visto lo mismo”. La emoción ya era demasiada. Volvimos a recorrer el camino contándonos lo que cada una había visto y era exactamente lo mismo. Sólo ese día pude ver, he hecho el esfuerzo varias veces y con varias cosas, pero sólo alcanzo a divisar levemente lo que debería ser mi cuerpo etérico.
Varios días nos preguntábamos qué estaba pasando, de dónde salió el manzano, cómo esa tierra tan pobre podía tener más energía que el terreno fértil, qué vimos y por qué lo vimos las dos al mismo tiempo, qué misterio encierra ese lugar, para qué se nos muestra todo esto.
Una noche, antes de dormir, se me ocurrió una loca teoría. Asumiendo que la única posibilidad de que una semilla de manzana haya llegado a ese lugar es que mi abuela haya arrojado alguna, recordé que cuando ella recién había fallecido, la persona que nos leía el tarot en aquellos años, me dijo que mi abuela en un tiempo más iba a ser mi Maestra en mi desarrollo espiritual. Esa tarde, me dijo que yo iba a sanar con las manos, que tenía que estudiar sobre ángeles y comunicarme con ellos, porque iba a comenzar pronto un camino espiritual que duraría toda mi vida. Si no hubiese sido porque sabía lo hábil e intuitiva que era ella, no le habría creído un ápice de lo que dijo. Esto fue uno o dos años antes de que yo oyera hablar de Reiki y meses antes de que se cayera mi fe y buscara en la reencarnación algún consuelo.
Luego, se me vino a la mente la palabra “iniciación” y mi teoría fue que mi abuela cargó de energía ese lugar, que es algo así como un “cargador de pilas” disponible todo el tiempo para nosotras, una fuente de energía electromagnética inagotable. Esa tarde, habría sido nuestra “iniciación” en otra etapa del camino espiritual que emprendimos hace años. A pesar de lo poco creíble que pueda sonar todo esto, a mi mamá le hizo sentido al instante y dijo “hoy ví en el libro que estoy leyendo, que para proteger un cristal, los mayas habían hecho crecer un árbol en ese lugar y pensé al tiro en el manzano. En ese viaje, el sobrino había tenido su iniciación en el misticismo, cuando tuvo su primera visión”. Ninguna de las dos cree en las casualidades y sonreímos.
A mi tata se le ocurrió llevarse el decodificador y hacer un arreglo artesanal, así que ahora tenemos directv en la misma tele que hasta el año pasado sólo mostraba el 7 y el 13…a veces. No, no era la misma tele, esa quedó olvidada, ahora se usa una gigante que era de Ricardo, y que al igual que todas las cosas que “no le sirven”, terminó en el campo esperando a que alguien le diera un nuevo uso o terminara siendo basura. Hablando de mi tío Ricardo, de su megalomanía, de su ambición, de su miedo a la falta de lujos y de su “mujer”, que bota a raudales miles de objetos que “ya no sirven”; figuraba yo ayudando a mi tata a colocar la nueva tele, cuando advierto en la pared un objeto conocido: una estrellita dorada de razo que regalé a varias personas una navidad. Sólo Dios sabe cuánto tiempo me costó hacer cada una! Para coser cada lentejuela, bordar la cara, hacerle el gorro de viejo pascuero y lo peor, lograr la estrella perfecta. Tenía una tarjeta que decía “para Javi”, mi prima chica, de quien tantas veces he escrito con añoranza e impotencia. ¿Qué hace eso ahí? Pregunté. “Estaba entre las cosas que Ricardo me pasó para botar”, dijo mi tata. “Ah”, contesté yo, con una dolorosa y simulada naturalidad.
Ahora la tele, con todos los canales de deportes, es el chiche de todos los hombres, así que tíos y primos han venido a ver cuanto partido han podido. Lo bueno, es que así los veo. Están todos en la casa del frente, donde el hermano de mi tata. Esa casa centenaria alberga a muchos familiares en esta época, cada año más, cada vez más desconocidos. Mi tata siempre nos reta a mi mamá y a mí y nos obliga a ir a saludar. Es el clásico primer disgusto de todas las vacaciones. Claro, es su familia, pero él no es un buen puente como sí lo era mi abuela, que esperaba el día y la excusa perfecta para ir a dar una vuelta de cortesía. “Hola” es la única palabra que cruzamos una vez al año. Ya perdí la cuenta de cuántos primos tengo y menos sé de los sobrinos.
Un día vino
También vino Pablito, que es más alto que yo, peludo y con voz de hombre. Yo escuché cuando llegó y me quedé sentada, paralizada. Sabía que tenía que ir a saludar, pero esas situaciones me ponen ansiosa, como cuando tengo que estar con un grupo de niños y hacer algo. Esperé tomar valor, hasta que mi tata gritó “¿y dónde está tu compinche?” y comenzó a llamarme. Efectivamente, cuando ambos éramos hijos únicos (ahora él tiene 5 hermanos), solíamos jugar juntos y tenemos memorables videos, que han pasado a ser parte de la historia familiar y el único tema de conversación en nuestros encuentros. Pero crecimos y no nos volvimos a verr ¿Alguna vez haremos las cosas distintas?
Tuve frío esa noche y me envolví en su ruana, guardada en mi closet hace tantos años. Temí que mi tata me viera con ella y, por fracciones de segundo, creyera ver a mi abuela vistiendo ese rojo italiano que tanto le gustaba. Empecé a recordar y a conectarme de nuevo con mi casa de los espíritus, donde el tiempo es sólo una ironía, pues los recuerdos se palpan y los espíritus parecen más vivos que muertos. Recordé que esto era un cerro, que luego aplanaron y trazaron surcos sobre él…se veía tan pequeña! Por eso cuando entramos ese 18 de septiembre, no dábamos crédito a lo que veíamos: una enorme casa, llena de ventanales, un largo corredor y una tabla apoyada en ambos costados a modo de mesa. Mi tata quería una mesa grande, imaginando, como era el propósito inicial, que se sentaran sus tres hijos con sus respectivas familias. En realidad, eso ha ocurrido dos veces en 12 años.
Como de costumbre, me acerqué a la biblioteca y examiné uno a uno los libros, para ver cuál me llamaba la atención este verano. Ya sabía la respuesta: “
Wang Lu, el protagonista del libro, es un campesino que ama la tierra, que formó una familia, con hijos y nietos viviendo en sus terrenos. Era bruto, pero buena gente. Algo insensible, pero siempre dispuesto a jugar con sus nietos. Machista, pero preocupado de sus hijas. Su mujer murió de una repentina enfermedad y no supo valorarla realmente hasta que ese momento llegó. Cuando estuvo viejo, quiso volver a su primer fundo y esperar la muerte en ese lugar. Un día, escuchó a sus hijos conversando acerca de la herencia, en cuánto venderían las tierras y cómo repartirían las ganancias. Wang Lu lloró y repetía “la tierra no se vende, es lo único que se puede tener, todo lo demás se pierde”. Un hijo contestó “bueno papá, no venderemos la tierra”, mientras se dirigían una sonrisa cómplice y maliciosa, que la ceguera del viejo no pudo advertir. Fin.
Mi tata preguntó qué estaba leyendo esta vez y respondí “
He descubierto, con alivio, que mi constante no es una persona, sino este lugar. Leonera es mi buena tierra y mi constante. Acá he pasado tanto tiempo pensando, contemplando…tengo los mejores recuerdos. Mis tíos y primos se arrepentirán algún día de no haber venido. Yo puedo decir con orgullo que disfruté a mis abuelos y esta casa. Tengo miedo de la ambición de Ricardo y de la distancia de Lucho, al menos tengo la seguridad de que mi mamá no aceptaría una potencial repartición de la herencia.
Este complejo de Isabel Allende que me hace leer sagas familiares de realismo mágico y escribir robándole su estilo, me ayuda a expresar mis silenciosos pensamientos. Me dan ganas de compartir más con mi tata, de acercarme a mi familia…cuando él muera seremos sólo dos. Pero no sé cómo y la angustia me paraliza. Sólo que acá, a diferencia de lo que me pasa con los niños en trabajos, no hay nadie que pueda hacer la pega por mí. Guardo y mutilo tantas ideas, tantas ganas de distintas cosas…me preocupo y pienso posibilidades, me imagino realidades, pero no hago nada, o muy poco. Trato de hablarle a mi tata, de picarle pepino a su ensalada de tomates (como lo hacía mi abuela), de dejarle a mano su botella de vino y el trozo de pan para su sopa caliente, pero sospecho que no basta.





Estimadas
Espero que se encuentren bien, informo a ustedes, que se han unido a nosotros las señoritas Mackarena Duhalde Reyes, Psicóloga Infanto-juvenil y Terapeuta de Reiki; Loreto Esquivel Arévalo, Psicóloga Adultos y Paula Mac-cuer Puebla Psicóloga Terapia Familiar-parejas.
Desde ya les damos la mas cordial de las bienvenidas a Fundamental, en donde esperamos puedan compartir experiencias y enriquecer el trabajo colectivo con su aporte.
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