15 de febrero de 2010

Dulces Recuerdos

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Un lugar encantado

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En un lugar del cerro, donde la tierra es dura y seca, por generación espontánea, creció un día un manzano. Lo más curioso, no es sólo que esa tierra es poco apta para plantar, sino que nadie lo plantó. Mi tata cuenta que mi abuela tiraba las corontas de manzana por la ventana, por si algún día crecía un árbol. Hasta el momento es la teoría más aceptada.

Luego del primer impacto al encontrarlo, vino otro. Mi tata nos pidió a mi mamá y a mí que le hiciéramos Reiki a algunos árboles que no estaban creciendo muy bien, entre ellos, el manzano. Ambas tenemos varios años de experiencia haciendo Reiki y hemos atendido varios pacientes con las más diversas enfermedades, pero nunca habíamos sentido una energía aúrica tan potente en un ser humano, menos en un vegetal. Se trata de una fuerza electromagnética, igual que un imán. Las manos canalizan tanta energía cuando entran en su aura, que rápidamente se calientan y empiezan a punzar fuertemente, no es un simple cosquilleo como sucede al tocar a una persona. Nos miramos atónitas “¿sentiste eso?” Desde aquel día, bajamos cada cierto tiempo a ver al manzano y siempre su energía nos sorprende. Se siente tan compacta…es difícil de explicar, es muy potente y no-humano.

Cierto día, quisimos hacer experimentos con un péndulo de cuarzo, midiendo la energía de diferentes cosas, y por su puesto, el primero en la lista fue nuestro misterioso árbol. Como era de esperar, el péndulo comenzó rápidamente a moverse en el sentido de las agujas del reloj (dirección correcta) y el diámetro del círculo se fue ampliando hasta alcanzar casi 15 centímetros, la medida de un chakra perfectamente abierto y armonizado. Nada más se movió así, ni nuestros chakras, ni la fruta, ni otras plantas, ni el agua, ni nada.

Creo que fue ese mismo día cuando nos pasó lo más espectacular de todo. Estábamos haciéndole Reiki en silencio, maravilladas por lo que percibíamos, cuando de pronto miro mi mano a contraluz y noto un borde blancuzco, como una neblina que rodeaba mi mano. Luego, de la yema de mis dedos, comenzó a salir un humo similar al vapor de la tetera, que ascendía hasta perderse de vista. Guardé silencio y seguí experimentando: con la otra mano, con otro fondo, con otra luz, en otro lado, y siempre lo mismo. Miré las ramas del manzano y vi entre ellas pequeñas fibras transparentes que se cruzaban, pensé que era una telaraña, pero era muy grande. Venciendo mi temor, pasé mi mano una y otra vez por ese espacio y no sentí nada. Volvía a mirar y ahí estaban los “hilos”. Todo era muy extraño y yo seguía sin decir una palabra.

Más tarde, fuimos a medir otra planta, cuya energía estaba muy disminuida. Justo desde su centro vi salir el mismo vapor ascendente que vi en mis dedos, pero era mucho más y salía rápido. Pensé que algo se estaba quemando, busqué y no encontré nada, además, no había olor. Miré la planta de distintas perspectivas y veía lo mismo. Si lo que estaba viendo era energía, esa planta tenía una fuga importante que le estaba causando la desvitalización. La escena no se detuvo y me atreví a hablar: “mamá, he estado viendo cosas”. Ella me miró sonriendo, como sabiendo qué le iba a decir “¿Cómo qué cosas?”. Le expliqué todo y ella rápidamente respondió “yo también he visto lo mismo”. La emoción ya era demasiada. Volvimos a recorrer el camino contándonos lo que cada una había visto y era exactamente lo mismo. Sólo ese día pude ver, he hecho el esfuerzo varias veces y con varias cosas, pero sólo alcanzo a divisar levemente lo que debería ser mi cuerpo etérico.

Varios días nos preguntábamos qué estaba pasando, de dónde salió el manzano, cómo esa tierra tan pobre podía tener más energía que el terreno fértil, qué vimos y por qué lo vimos las dos al mismo tiempo, qué misterio encierra ese lugar, para qué se nos muestra todo esto.

Una noche, antes de dormir, se me ocurrió una loca teoría. Asumiendo que la única posibilidad de que una semilla de manzana haya llegado a ese lugar es que mi abuela haya arrojado alguna, recordé que cuando ella recién había fallecido, la persona que nos leía el tarot en aquellos años, me dijo que mi abuela en un tiempo más iba a ser mi Maestra en mi desarrollo espiritual. Esa tarde, me dijo que yo iba a sanar con las manos, que tenía que estudiar sobre ángeles y comunicarme con ellos, porque iba a comenzar pronto un camino espiritual que duraría toda mi vida. Si no hubiese sido porque sabía lo hábil e intuitiva que era ella, no le habría creído un ápice de lo que dijo. Esto fue uno o dos años antes de que yo oyera hablar de Reiki y meses antes de que se cayera mi fe y buscara en la reencarnación algún consuelo.

Luego, se me vino a la mente la palabra “iniciación” y mi teoría fue que mi abuela cargó de energía ese lugar, que es algo así como un “cargador de pilas” disponible todo el tiempo para nosotras, una fuente de energía electromagnética inagotable. Esa tarde, habría sido nuestra “iniciación” en otra etapa del camino espiritual que emprendimos hace años. A pesar de lo poco creíble que pueda sonar todo esto, a mi mamá le hizo sentido al instante y dijo “hoy ví en el libro que estoy leyendo, que para proteger un cristal, los mayas habían hecho crecer un árbol en ese lugar y pensé al tiro en el manzano. En ese viaje, el sobrino había tenido su iniciación en el misticismo, cuando tuvo su primera visión”. Ninguna de las dos cree en las casualidades y sonreímos.

La Buena Tierra II

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A mi tata se le ocurrió llevarse el decodificador y hacer un arreglo artesanal, así que ahora tenemos directv en la misma tele que hasta el año pasado sólo mostraba el 7 y el 13…a veces. No, no era la misma tele, esa quedó olvidada, ahora se usa una gigante que era de Ricardo, y que al igual que todas las cosas que “no le sirven”, terminó en el campo esperando a que alguien le diera un nuevo uso o terminara siendo basura. Hablando de mi tío Ricardo, de su megalomanía, de su ambición, de su miedo a la falta de lujos y de su “mujer”, que bota a raudales miles de objetos que “ya no sirven”; figuraba yo ayudando a mi tata a colocar la nueva tele, cuando advierto en la pared un objeto conocido: una estrellita dorada de razo que regalé a varias personas una navidad. Sólo Dios sabe cuánto tiempo me costó hacer cada una! Para coser cada lentejuela, bordar la cara, hacerle el gorro de viejo pascuero y lo peor, lograr la estrella perfecta. Tenía una tarjeta que decía “para Javi”, mi prima chica, de quien tantas veces he escrito con añoranza e impotencia. ¿Qué hace eso ahí? Pregunté. “Estaba entre las cosas que Ricardo me pasó para botar”, dijo mi tata. “Ah”, contesté yo, con una dolorosa y simulada naturalidad.

Ahora la tele, con todos los canales de deportes, es el chiche de todos los hombres, así que tíos y primos han venido a ver cuanto partido han podido. Lo bueno, es que así los veo. Están todos en la casa del frente, donde el hermano de mi tata. Esa casa centenaria alberga a muchos familiares en esta época, cada año más, cada vez más desconocidos. Mi tata siempre nos reta a mi mamá y a mí y nos obliga a ir a saludar. Es el clásico primer disgusto de todas las vacaciones. Claro, es su familia, pero él no es un buen puente como sí lo era mi abuela, que esperaba el día y la excusa perfecta para ir a dar una vuelta de cortesía. “Hola” es la única palabra que cruzamos una vez al año. Ya perdí la cuenta de cuántos primos tengo y menos sé de los sobrinos.

Un día vino la María Luisa, “la gorda”, que es la más flaca de todos. Vino con la Magdalena, su hija de tres años. Yo la miraba, ahora mujer, con un hermoso vestido y una gargantilla de oro, cómo nos hablaba de su hija y recordaba a la niña inquieta, buena para decir garabatos, scout, que le gustaba salir a caminar de noche sin linterna o tenderse en saco de dormir a mirar las estrellas. Esa niña que hacía buenas migas con Pablito (ahora Pablo), y salían juntos a recorrer el campo. En cambio yo, hacía buenas migas con su hermana Carolina, con ella hablábamos de amores, cantábamos Alberto Plaza-con mi personal stereo-Ella Baila Sola, Silvio Rodríguez. Nos contábamos experiencias paranormales y compartíamos libros. A ella le encanta el choripán con Fanta y comerse unas galletas de chocolate al comenzar la primera conversación, así que reservaba un paquete para esperarla. Ella es la misma que al morir mi abuela me pedía desesperada “Macka, ¡llora!”. Y lloré…un poco. Ahora la tengo en Facebook.

También vino Pablito, que es más alto que yo, peludo y con voz de hombre. Yo escuché cuando llegó y me quedé sentada, paralizada. Sabía que tenía que ir a saludar, pero esas situaciones me ponen ansiosa, como cuando tengo que estar con un grupo de niños y hacer algo. Esperé tomar valor, hasta que mi tata gritó “¿y dónde está tu compinche?” y comenzó a llamarme. Efectivamente, cuando ambos éramos hijos únicos (ahora él tiene 5 hermanos), solíamos jugar juntos y tenemos memorables videos, que han pasado a ser parte de la historia familiar y el único tema de conversación en nuestros encuentros. Pero crecimos y no nos volvimos a verr ¿Alguna vez haremos las cosas distintas?

La Buena Tierra

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Tuve frío esa noche y me envolví en su ruana, guardada en mi closet hace tantos años. Temí que mi tata me viera con ella y, por fracciones de segundo, creyera ver a mi abuela vistiendo ese rojo italiano que tanto le gustaba. Empecé a recordar y a conectarme de nuevo con mi casa de los espíritus, donde el tiempo es sólo una ironía, pues los recuerdos se palpan y los espíritus parecen más vivos que muertos. Recordé que esto era un cerro, que luego aplanaron y trazaron surcos sobre él…se veía tan pequeña! Por eso cuando entramos ese 18 de septiembre, no dábamos crédito a lo que veíamos: una enorme casa, llena de ventanales, un largo corredor y una tabla apoyada en ambos costados a modo de mesa. Mi tata quería una mesa grande, imaginando, como era el propósito inicial, que se sentaran sus tres hijos con sus respectivas familias. En realidad, eso ha ocurrido dos veces en 12 años.

Como de costumbre, me acerqué a la biblioteca y examiné uno a uno los libros, para ver cuál me llamaba la atención este verano. Ya sabía la respuesta: “La Buena Tierra”, un libraco de casi 500 páginas, tapa negra y dura, con inscripciones chinas en los costados. Se trata de una novela ambientada en oriente, hace varios años, que relata la historia de una familia. Perfecto para mí.

Wang Lu, el protagonista del libro, es un campesino que ama la tierra, que formó una familia, con hijos y nietos viviendo en sus terrenos. Era bruto, pero buena gente. Algo insensible, pero siempre dispuesto a jugar con sus nietos. Machista, pero preocupado de sus hijas. Su mujer murió de una repentina enfermedad y no supo valorarla realmente hasta que ese momento llegó. Cuando estuvo viejo, quiso volver a su primer fundo y esperar la muerte en ese lugar. Un día, escuchó a sus hijos conversando acerca de la herencia, en cuánto venderían las tierras y cómo repartirían las ganancias. Wang Lu lloró y repetía “la tierra no se vende, es lo único que se puede tener, todo lo demás se pierde”. Un hijo contestó “bueno papá, no venderemos la tierra”, mientras se dirigían una sonrisa cómplice y maliciosa, que la ceguera del viejo no pudo advertir. Fin.

Mi tata preguntó qué estaba leyendo esta vez y respondí “La Buena Tierra, te va a gustar, te lo recomiendo”. Ahora está en su velador, junto a otros, esperando ser leído algún día. Tal vez se identifique y mire su vida en espejo, completando lo que falta hasta el día en que se muera. Cada día temo más ese día. Me tranquiliza que él será muy feliz reencontrándose con mi abuela, con sus padres y su primo Tito, quien murió joven y loco en Licantén. La última vez que lo vi estaba en cama, viendo una teleserie y le decía a mi tata “Mundo, pasa a ver el partido, acaba de empezar el segundo tiempo”. Mi tata salió en silencio, para que no se le notaran las lágrimas.

He descubierto, con alivio, que mi constante no es una persona, sino este lugar. Leonera es mi buena tierra y mi constante. Acá he pasado tanto tiempo pensando, contemplando…tengo los mejores recuerdos. Mis tíos y primos se arrepentirán algún día de no haber venido. Yo puedo decir con orgullo que disfruté a mis abuelos y esta casa. Tengo miedo de la ambición de Ricardo y de la distancia de Lucho, al menos tengo la seguridad de que mi mamá no aceptaría una potencial repartición de la herencia.

Este complejo de Isabel Allende que me hace leer sagas familiares de realismo mágico y escribir robándole su estilo, me ayuda a expresar mis silenciosos pensamientos. Me dan ganas de compartir más con mi tata, de acercarme a mi familia…cuando él muera seremos sólo dos. Pero no sé cómo y la angustia me paraliza. Sólo que acá, a diferencia de lo que me pasa con los niños en trabajos, no hay nadie que pueda hacer la pega por mí. Guardo y mutilo tantas ideas, tantas ganas de distintas cosas…me preocupo y pienso posibilidades, me imagino realidades, pero no hago nada, o muy poco. Trato de hablarle a mi tata, de picarle pepino a su ensalada de tomates (como lo hacía mi abuela), de dejarle a mano su botella de vino y el trozo de pan para su sopa caliente, pero sospecho que no basta.



4 de febrero de 2010

Taller de Mujeres

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Cita pendiente

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Tengo una cita pendiente
con mi soledad
para ver quién soy cuando nadie está mirando
tengo una cita pendiente con la mujer que soy
no la que fui hace tanto ni la que ven los demás.

Tengo una cita con tu recuerdo
para ver qué queda aún de ti.

Pero no, mejor me voy
a donde sea
que haya una sonrisa que me crea
y una mano acariciándome las penas
pero no, mejor me voy
a donde sea
prefiero una mentira disfrazada
y ese ruido que me separa de la realidad.

Tengo una cita esperando
con las palabras
las que nos dijimos un día
y todavía sigo pensando
a veces se me aparecen
en algún rincón
me cuentan lo que fuimos
pero no dicen como fue que terminó.

Tengo una cita con tu recuerdo
para ver qué queda aún de ti.

Pero no, mejor me voy
a donde sea
que haya una sonrisa que me crea
y una mano acariciándome las penas
pero no, mejor me voy
a donde sea
prefiero una mentira disfrazada
y ese ruido que me separa de la realidad
no me sentiré tan mal por evadir tu amor.
pero no, mejor me voy, a donde sea.

Julieta Venegas

...por eso, me voy al campo. Adiós.


3 de febrero de 2010

Resignificación

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Tantas veces hemos preguntado ¿qué es ser voluntario? y mi respuesta se parece bastante a la de la señorita C., porque creo que es un estilo de vida. No lo entiendo como los "niños buenos" que "ayudan a los pobres", sino que es una actitud de vida de respeto por el otro en tanto ser humano, igual de digno y hermoso que cualquier otro. Es reconocer la esencia de las personas más allá de un rol o una posición social, es sentarse a conversar con alguien que no conoces, compartir un pastel de choclo, aceptar una invitación a pasar una casa muy distinta a la tuya, saludar a las personas que se cruzan en tu camino, abrazar a una persona que está triste, escuchar, reír, sonreír con la sonrisa de un niño, maravillarse con las cosas simples, valorar los pequeños gestos de cariño e incipiente confianza, compartir un momento...


Es también dormir en un colchón con pulgas, comer con 15 personas la comida Junaeb, improvisar actividades, disfraces, canciones, gritos, bailes, discursos, shows; dar rienda suelta a la creatividad, tener tolerancia, sacarse fotos en medio de la carretera, fumar en la cancha para recuperar la dignidad de un gran ridículo, alegarse de volver a ver viejos rostros, enviar y recibir correos, recibir un globo que dice "sonríe", regalar una mariposa, escuchar sorpresivas palabras, decir otras que no pensabas decir, agradecer cada momento, extrañar el campo, las estrellas, la vida en comunidad, los abrazos de los niños, las sonrisas con dientes de menos...


Sólo fue una semana y creo que no me pude conectar tanto como otras veces con estas sensaciones, aunque sí lo hice en gran medida. Tal vez el estar hasta el día anterior pendiente de las fichas, muy enferma, pensando en mi futuro profesional, reflejando mi inseguridad y el haber estado menos días, creo que influyó.
Volver al Toco, por tercera vez! fue especial. Tres veces....Colmena existe y ahora tiene historia...nos reencontramos el equipo Ma-No-Fer inesperadamente y terminamos despidiéndonos con lágrimas en los ojos, los tres por igual. Los mismos pasillos, el mismo cielo, el mismo abrazo...pero ya no éramos solamente tres y nada tenía que ver la energía de ese momento, con la de un año atrás, para bien o para mal. Nos sumergimos en la saudade de un instante, en las imágenes que rondaban nuestras mentes, explicando los recuerdos que para nosotros son sólo sentimientos que se comparten en silencio. Breves instantes de emociones intensas, de encuentros y desencuentros, de contrastar el ayer y el hoy...hace una año las cosas no eran así, la historia hubiese sido otra y el reencuentro sólo de los tres.


Un año después, recién, me siento en paz con mi labor en Colmena. De pronto entendí que el que no tenga una personalidad llamativa no significa que haya sido una mala jefa, que el que mi presencia no sea imponente no quiere decir que no pueda liderar a un grupo, que a veces se necesitan personas que escuchen y logren consensos antes de actuar, que cada persona es única en su estilo y no por eso menos valiosa, que si no hubiese sido por la organiación que había a la base de esa gran experiencia, las cosas no hubiesen salido tan bien; que cada uno aporta algo al trabajo en equipo y el resultado es la sinergia.


Gracias a mi supervisora entendí que el no destacar por algo en particular no es sinónimo de ser mediocre, sino que la personalidad se despliega en forma armónica, ayudando a co-construir. Así pude dar sentido a las palabras que recibí de regalo en esta oportunidad y tratar de imaginar porqué algunas personas dicen que irradio calma, cuando yo no lo siento así.
La "sutileza" con que dijeron que resolvía los problemas, que hacía parecer que se ma hacía "tan fácil", puede que sea una mezcla de mi personalidad, de la experiencia y de la capacidad de actuar pese al miedo, porque tampoco he sentido que haya sido "sutil" y menos aún que ma haya sido "fácil".
Tal vez los árboles no me dejaron ver el bosque y lo que yo tildaba de "débil" en realidad puede haber sido esa sutileza, "la mano suave pero inteligente" como lo describió Miguel. Lo que yo encontraba similar a estar paralizada, tal vez era esperar el momento preciso, como puede que no.
Soy una convencida de que las personas están en el lugar y hora correctos para cada cosa y si me tocó estar en los inicios de Colmena, con todas sus circusntancias, es porque mi energía era necesaria en ese momento y ahora puede servir de ayuda a otros.
No hay una sola forma de hacer bien las cosas, "el personaje" me lo dijo muchas veces, pero no le creía, porque escuchaba las voces del exterior, del entorno que me decía lo contrario, que hablaba de miedos, de alarma, de que hay que cuidar la imagen, que no lo podría hacer tan bien como otros, que lo que decía estaba bien pero era mejor lo otro, que "lo que tienes que hacer es..." y así.
Ya no siento miedo a esas voces de alarma ni creo que deba escuchar a los otros antes que a mí misma.
Esto es un proceso tan interno, anacrónico y personal que dudé en exponerlo, pero la verdad es que cruzó estos mini trabajos y necesito dejar registro para no olvidarlo, por si alguna vez vuevo a dudar.

2 de febrero de 2010

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Estimadas

Espero que se encuentren bien, informo a ustedes, que se han unido a nosotros las señoritas Mackarena Duhalde Reyes, Psicóloga Infanto-juvenil y Terapeuta de Reiki; Loreto Esquivel Arévalo, Psicóloga Adultos y Paula Mac-cuer Puebla Psicóloga Terapia Familiar-parejas.

Desde ya les damos la mas cordial de las bienvenidas a Fundamental, en donde esperamos puedan compartir experiencias y enriquecer el trabajo colectivo con su aporte.