28 de marzo de 2012

¿Despedidas?

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Hoy hicimos la devolución en conjunto con Isabel. Salimos sin decir nada, pero se respiraba un aire de buen pronóstico. Me despedí de ellas sin saber si volvería a verlas, con una cuota de culpa por mi incertidumbre. "Es que ella no le cuenta sus cosas a nadie, y a ti te las contó, ojalá que eso no se pierda", me decía la mamá. La Isa insistía en hablar en plural: "tenemos que trabajar en esto, vas a tener sesiones con Mackarena también, sería bueno que le hicieras reiki a la mamá". No fue hasta un rato después que le recordé que no puedo hacer planes para el futuro todavía.
Insertas en cosas administrativas, la madre nos llama emocionada para presentarnos a la abuela. Afuera del box, un momento kodak: la abuela y la nieta abrazándose en un reencuentro luego de dos meses. Brillaban de tanto sonreir. Sin despegarse, nos saludamos y entramos en silencio.
Me emocioné al verlas y me sentí feliz de ser parte de ese momento tan especial. Siempre me emociono cuando veo estrechas relaciones entre abuelos y nietos....por razones obvias. Pero tengo la extraña capacidad de jamás emocionarme delante de un paciente. Isabel, por el contrario, apenas entró se puso a llorar. Ella también tuvo una estrecha relación con su abuela, hasta que murió a su lado a los 11 años. Nos fuimos a fumar un cigarro, hablando del caso, de nuestras vidas, una mezcla de todo, como siempre.
Me insistió en la posibilidad de acomodar mis horarios, de buscar alguna forma de que no fuera del todo. Ni siquiera sé si me voy a ir, pero ya me da pena pensarlo.
Si me llego a ir, extrañaré a la gente y la relación tan humana que tenemos entre todos. Extrañaré la libertad de llorar si tengo pena, de confesar mi colapso, de escuchar el colapso de los otros, el regaloneo de tener un trozo de pastel y bebida esperando por mí, a pito de nada. Aunque para ser franca, no sé si me estoy despidiendo o estaré haciendo el ridículo, porque sigue existiendo la posibilidad de que me quede ahí, al menos por un tiempo.
Al final, no sé si fue la música que estaba escuchando, o los deseos de ser esa niña que abrazaba a su abuela, o ver mi cuaderno vacío, o recibir los buenos deseos de la gente; me hicieron sentir como si se tratara del final de una película, de esas con final abierto, en que sólo se sabe lo que termina, pero no lo que comienza.

24 de marzo de 2012

24 horas de todo

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Hoy tengo insomnio. No sé si por exceso de siesta o de emociones. En 24 horas me ha pasado de todo: alegría, desilusión, ansiedad, expectativas, miedos, más alegría y así.
Al margen de lo malo, hoy fue un día de reencuentros. Vi a mi hermanoy a ese antiguo amigo, que hace 10 años se cruzó por mi camino. El patio se llenó de esas miles de historias con lujo de detalles que tantas veces he escuchado.
Siempre es extraño reencontrarse con esos trozos de pasado que quedan sueltos en la historia, pero sólo así me puedo completar.
Me identifico mucho con mi hermano, en su espíritu inquieto, con necesidad de libertad, tan amigo de sus amigos, enemigo de la rutina, explosivo, orgulloso, responsable, bohemio, medio melancólico y enamorado. Hasta parecemos hermanos! jajaja es extraño, rayando en lo ominoso. Él decía "los amigos son como una extensión de la familia al final"  y claro, otros podrán encontrar todas esas cosas en sus casas, "pero nosotros somos más desarmados!" (risas). Yo no podría haberlo dicho mejor. Entre cigarros, hicimos un salud por sus 18 y mis 25.
Aunque lamentablemente me quedo con la preocupación por mi papá ¿sabrá controlarse esta vez? ¿habrá aprendido de la experiencia, finalmente? Todo parece marchar mejor en su vida, como....creo que nunca. Espero que ese equilibrio no sea del mismo crital que el de los vasos que sostiene en sus manos.
Como una eterna pregunta en mi mente se dibuja nuevamente el ¿habrá cambiado? según mi hermano sí, pero no me fío.
¿Llegará el día en que pueda decirle las verdaderas razones de mi alejamiento? A veces me dan ganas de saber de él, pero en este tema el miedo me la gana. Siempre miedo, siempre con cuidado, siempre con cautela y un escudo por si las moscas.
Por un segundo pensé ¿y si voy a tomar once un día de estos? pero tan fugaz como apareció, desapareció el pensamiento. Todavía no. La parte buena, es que en retrospectiva he avanzado, por lo menos, creo que ya no tengo rabia...o no, sí, puede haber un poco, yo creo que lo natural, pero nada que me obsesione como antes. Hasta el Pietro rompió el hielo, si él pudo ¿podré yo? ¿me alcanzará la vida para estar en paz?
Pienso en mi vida, en lo que quiero, en lo que espero y otra vez me siento en blanco en tantas cosas ¿cómo voy a proceder ahora? ¿seguiré creyendo en el viejito pascuero? ¿cuál es mi límite? hay cosas que me han costado y no quiero transar. Si volviera a hacerlo, se repitiría la historia de verme ahogada en mis propias concesiones  y los hechos demuestran, que eso mata hasta la mejor de las historias.
Recuerdo mi arcano del año, que nunca me ha fallado y pienso "no puede fallar ahora!". Sol, sé que estás, sé que estás, sólo no te hagas esperar tanto.
Tengo muchas imágenes de las últims 24 horas dando vueltas y no puedo detenerlas. Me he fumado más de 20 cigarros y mis ojos ya están cansados. Se me mezclan rostros, historias, emociones y ya me dio hambre.
Creo que hoy será una larga noche y tengo deuda de un beso.

20 de marzo de 2012

Mandalas de a 2

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Pequeños avances de una relación terapéutica

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En una sesión cualquiera de una tarde de jueves:

Paciente (12 años): "¡exacto! entiendes perfectamente mi idioma"
Yo: =)

15 de marzo de 2012

Cuarto de Siglo

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Casi perfecto

Parece que con los años se me van agotando las palabras, pero muchas gracias a quienes, como siempre, me han acompañado en éste y otros momentos importantes de mi vida...esta vida no sería lo mismo sin ustedes.

11 de marzo de 2012

Matricidio

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10 años después se escribe otra historia, mucho más sana y más feliz. O al menos eso espero.
La "amiga de los cocodrilos" por fin se casó y allí estuvimos :)

4 de marzo de 2012

Idiocincracia Reyes

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(31 de enero de 2012)

Nuestra casa está llena de arreglos artesanales, de esos que son “por mientras”, pero que en realidad son para siempre. Y de aquéllos que pretenden ser “para siempre” y en realidad son por mientras. La señalética siempre es al revés y las chapas se abren como cerrándolas. En el baño había papeles pegados que decían “agua potable” y “agua del estero”. Parecía ser una buena idea, hasta que mi tata se dio cuenta una semana después que los colocó al revés. Los  cambiamos, pero entró una duda: ¿había puesto los papeles al revés, o la conexión de las cañerías? Nunca lo supimos, y optamos por hacerle reiki al agua.

La llave del agua fría, era la del agua caliente. Para recordarlo, la letra de mi tata indica “Hot” en la llave roja ¿no debía ser en la azul? Parece que lo arregló ¿o no? Nunca supimos. Abrir la ducha es un misterio constante. Y por supuesto, cuando uno quiere que el agua salga por la ducha, hay que empujar hacia abajo, y cuando uno quiere que salga por la llave, hacia arriba.

Al calefón se le devuelve la perilla y para mantener una posición, le ponemos un palito de fósforo. Las duchas, ¡oh las duchas! Esa sí ha sido odisea. Primero, hay que fijar la temperatura del calefón, luego hay que enchufar la bomba de agua. Antes, la bomba provocaba cortocircuitos en el débil aparataje eléctrico, así que había que gritar “¡me voy a bañar!”, y por lo tanto, no podía coincidir con otros usos de la electricidad, como el microondas…o paf!!! Después, clásico que se demora mucho en calentar el agua, hay que guardarla en un balde que se usa después en vez de tirar la cadena. Una vez que uno se logra meter a la ducha, clásico que se mueve un poco el fósforo y uno pasa de quemarse a congelarse. Entre gritos, uno pide ayuda desde el baño a algún alma caritativa que pueda escuchar y correr a arreglar la perilla. El alma caritativa grita “¿ahí?, uno no escucha nada “¡¿qué?!”, “¡¿ahí?!”, “¡¿qué?!”, “¡¿ahí?!”, “Sí!”. Si uno tiene suerte, ahí se termina la ducha, pero si hay que lavarse el pelo, la temperatura o la presión del agua pueden cambiar muchas veces y se repite la tragicómica escena de desesperación. 

La electricidad…va y viene, a veces. Ahora también está más fuerte, pero el voltaje es mínimo. Todas las ampolletas titilan y el microondas hay que ponerlo 6 minutos en vez de 2, para que caliente. Podría seguir describiendo los sistemas artesanales para ver tele, para traer el cable!, para hablar por celular…jajaja como salir a hablar con una antena de tele en una mano y una tapa de olla en la otra ¿y el celular? Con la cara! Obvio!

Después del terremoto, a las grietas, hay que agregar puertas que no cerraban que ahora se cierran, y puertas que funcionaban, que ahora están descuadradas. Los ventanales ahora son varias ventanas pequeñas unidas, los baños y muebles tambalean, cuesta abrir closet y muebles, había pedazos de vidrios en los lugares más recónditos, se rompieron algunas baldosas y para qué hablar de adornos y loza. Pero lo peor, es la impotencia y la rabia que da el aprovechamiento de la gente. Se robaron juegos de sábanas, frazadas, cubrecamas, zapatos, toallas, juguetes, paños de plato, cortinas, etc. 

Mi tata tenía este terreno por herencia y con mi tío, con sus propias manos hicieron los adobes que hoy están agrietados. Un solo maestro de la construcción los ayudó, entre los familiares se cortaron los árboles, se hicieron los techos, las instalaciones eléctricas, etc. Fueron años de trabajo, de esfuerzo emocional y económico de todos.

Cuando llegamos, nuestra mesa era una tabla y en vez de sillas, teníamos un banco de madera, que usaron de “andamio”. No había cortinas, ni frazadas. Fuimos trayendo cosas durante años, todo lo que “sobraba” en Santiago, adornos baratos pero lindos, cosas hechas por nosotros (como el espejo que hice para mi pieza o las fundas  que hizo mi abuela).  Bajo la filosofía de “arregla tu paño…” hay cosas antiguas hasta decir basta! Pero que nos hemos esforzado por conservar. 

Ahora, desaparecieron hasta las listas que mi mamá tenía pegadas en las puertas de los clóset indicando qué había. Provoca una sensación de invasión, de rabia, impotencia, frustración y cansancio. Pero bueno, ya lo sabíamos. A seguir ejercitando el desapego. Ni mi familia, ni los lugares en que he estado han sido los mismos. Si no aprendo algo de desapego y flexibilidad con estas cosas, no lo aprendo con nada. No me culpen por no sentirme parte de nada, ni por no encontrarle valor a la sangre per sé, ni por no seguir las tradiciones que todo el mundo sigue, ni por valorar tanto a mis amigos, ni por haber sido tan feliz en Colmena, ni por querer volar lejos, ni por no hacer promesas ni proyecciones, ni por no dar nada por obvio. 

Si hay algo que he vivido una y otra vez, es que todo puede cambiar, que los incondicionales son los menos esperados,  que hay que volver a empezar todas las veces que sea necesario, con más o menos compañía. Al final, muchas veces la vida consiste en partirse el lomo trabajando por una recompensa que no siempre es inmediata,  y que puede durar poco. Pero es en ese proceso, es cuando uno dice “¡cresta!” que uno crece.

Creo que todo depende, que no hay cosas obvias. No es obvio que uno se muera después que los padres, no es obvio tener una familia que te apoye o un trabajo que te guste, no es obvio que las promesas se cumplan, no es obvio tener buenos amigos, no es obvio que siempre haya alguien cundo lo necesitas. Si todas esas cosas pasan, es un REGALO que hay que saber agradecer, y sino, hay que saber vivir sin ellos.

Siempre me siento desarraigada, pero me siento fuerte, porque sé que pase lo que pase, me puedo volver a parar, puedo empezar de nuevo y aunque no tenga nada ni a nadie, me tengo a mí y a mi historia, que me ha enseñado tantas cosas y me ha hecho ser quien soy. 

Asiento trasero

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(6 de febrero de 2012)

He pensado tantas cosas en estos días, pero la energía no me ha alcanzado ni para sentarme a escribir. Han sido días de marmota y de “disfrutar el asiento trasero” como digo yo. Eso quiere decir disfrutar las regalías de ser hija y nieta. Si me toca ir de copiloto, me convierto automáticamente en responsable: mirar en los cruces, pagar el peaje, leer los letreros, advertir puntos de referencia, hablarle a mi mamá para que no le de sueño. En cambio, si va mi tata (u otro adulto “responsable”, esto va en orden de jerarquía), yo puedo irme en el asiento de atrás, dormir, escuchar música y disfrutar del paisaje, sin preocuparme de nada. En el contexto de mi vida actual, disfrutar de esas regalías es un placer que estoy haciendo consciente cada vez que puedo.

Hoy mi tata viajó por trabajo. Ese hombre de casi 82 años sigue trabajando por gusto, no por necesidad. Me gusta el silencio, poder dormir hasta tarde sin que el ruido de las herramientas te interrumpa o poder comer a las horas en que uno tiene hambre y no cuando “se debe”. Pero se siente su ausencia y me asusta un poco, porque es inevitable pensar en cómo se sentirá esta casa cuando él no esté.

La esperanza de vida de los Reyes es altísima, es un misterio cuánto durará cada uno de ellos. La última tía murió bordeando los 100 años, el último tío se escapó de la norma por no cuidar su  hipertensión y terminó con una demencia vascular. De todas formas, es una realidad ineludible, cada año que pasa sabemos que puede ser el último. Sentí pena al despedirme de él, porque literalmente no sé cuándo nos volvamos a ver. Me conmueve tanto ver el brillo en sus ojos cuando me mira fijamente, que siempre he creído que por eso evitamos mirarnos.

Nosotras estamos acostumbradas a la soledad. Esta casa, por grande que sea, no se hace inmensa para nosotras. Aunque no deja de ser un poco extraño estar por primera vez solas acá. Los veranos han sido siempre con invitados.

En esta casa la habitabilidad se reduce al mínimo, y al frente, casi como una ironía, se hace poco el espacio para recibir a las 35 personas que año a año se reúnen para celebrar el cumpleaños de mi primo Jaime. Creo que sólo una de mis amigas puede entender esa extraña sensación de saudade que produce ver cómo se reduce tu familia. Hace poco pensaba en cómo la gente suele ver cómo sus familias aumentan: nacen más hermanos, vienen los sobrinos, los esposos, nuevos hijos y hasta un perro. Acá, tal como el uso de los objetos, es al revés.

Sé que son cosas que pueden sonar tan lejanas para algunos, pero yo casi las puedo palpar. La soledad está aquí, presente a cada instante. Mi tata está visiblemente más viejito y yo ya estoy empezando a pensar en mi propia vida. No es tan lejano, no es una fantasía ni un miedo adolescente, es algo que tarde o temprano tiene que pasar.

Por el momento, me siento muy agradecida de estos días en familia, con conflictos y todo. Porque claramente tantos días con mi mamá tenían que tener roces, de los clásicos por el orden y la limpieza. Y entre mi tata y mi mamá, de los clásicos por quién tiene la razón y cómo se DEBEN hacer las cosas. Pero he ocupado el asiento trasero y me gusta, hasta me emociona un poco. Es un lugar cómodo, que como todo en la vida, no es eterno.