Pasé de las rumiaciones sobre mis conflictos familiares, a la alegría compartida con V. Luego la llamada de Isabel me hizo volver a la realidad: no me habían avisado que tenía un paciente a las 15.00 y yo estaba en mi casa. Tenía que entregar un informe y dar un diagnóstico de síndrome de Asperger. Por más que corrí, llegué a las 15.50.
La molestia de los padres cedió pronto y dio paso a una muy buena conversación. Ellos ya lo habían pensado y se lo tomaron bien. Pero lo importante de la historia ocurre al final. Analizamos si decirle o no a J. sobre lo que tiene. Saqué mi discurso pro-diagnóstico (en estas ocasiones) y les hablé de lo aliviador que podría ser para él encontrar una explicación a sus diferencias. Les pedí a los padres que dijeran algo final.
Se me ocurrió explicárselo como que él tenía un talento (saber muuuucho de ciencia, él sabe que es un don), como Einstein y tantos otros. El nombre de su talento era S. de Asperger y eso hacía que los demás (que no no tenemos ese talento) no le entendamos lo que dice y, por lo tanto, por eso le cuesta hacer amigos. Su cara se fue iluminando, sonreía y se le llenaron los ojos de lágrimas. Los padres le dijeron que lo aceptaban y lo amarían siempre, tal como es y que Dios les había regalado un hijo con un talento único, que iban a apoyar. "Tengo ganas de llorar" decía J. Los tres de abrazaron y yo contuve mis lágrimas.
Con en el enredo de las horas, yo pensaba que eran las 16.30 y no las 17.30, menos mal que P. me recordó "¿no tienes que atender a las 17.00?" mi paciente estaba esperando! qué onda yo? Siguió la alegría al ver a C. tan resiliente como siempre, muy arreglado y perfumado para su control. Un pajarito que ya puedo volar por sí mismo.
La oficina era un caos, la secre estaba en crisis, no se encontraba nada, Isabel no estaba, mucha gente...dispersión al máximo.
Después me tocó decirle a J., mi paciente de reiki que veo desde el año pasado y a cuya mamá también atendí, que me iba. Lloró desconsoladamente una hora, sin parar. Sus gemidos se escuchaban fuera de la sala. Traté de hacerle reiki sólo en el corazón y tomaba mis manos diciendo "es que se han ido tantos". Su dolor me partió el corazón...yo sé que soy sólo la punta del iceberg, un pequeño duelo que viene a reactivar tantos otros y recé, recé, recé para que ese corazoncito sanara esa sensación de abandono, que puedo comprender. Tuve que llevarle agua con azúcar y hacer entrar a la madre para que me ayudara a consolarlo. Ya había pasado más de una hora y seguía llorando. Me decía que me iba a echar de menos y que ojalá me fuera muy bien, que ojalá existieran más personas como yo. Rompiendo mis reglas, lo abracé largo rato muchas veces, tratando de consolarlo mientras sentía mi propia pena: por su pena, porque yo también lo voy a extrañar a él y a todas las personas que he conocido, a los pacientes que dejo, a los compañeros que ya no me acompañarán, a ese lugar que fue una graaaan escuela. Pero la vida está llena de ciclos y hay que cerrar para dejar espacio a lo nuevo. Se fue destrozado y yo también en cierta forma.
Pero se me habían acabado los cigarros, así que antes de llegar a la casa, crucé en mitad de la calle para abastecerme, porque era obvio que un día como éste tenía que terminar con un cigarro y una entrada en mi blog. Y en eso estaba cuando al esquivar una poza de agua me encontré 2 lucas! jajaja mojaditas, pero intactas. Me reí sola ¡qué día más bipolar! intenso, sin matices, disperso, angustioso, rápido, sufrido y disfrutado.

