El lunes no me puse aros, porque no quería...cosa bastante rara en mí. Es más, creo que nunca me había pasado algo así. Suena a dramatización, lo sé. Pero para quien me conoce lo sufiente para saber lo importantes que son los aros en mi autoconcepto, comprenderá que es-por lo menos-particular.
Ya estoy haciendo las maletas en mi mente, mi mamá ya tiene listas las dimensiones en la cabeza. Creo que para volver a mis orígenes debo "limpiarme" de las cosas que han quedado en mí pero que no soy yo.
Cuando he soñado que vuelvo a esa pieza, mi pieza, veo tan nítida mi cama, la lámpara de cerámica en forma de zapato con ventanas que me regaló mi abue, el pequeño closet de madera que ahora no me llegaría ni al tronco, mi coche de juguete-donde dormía la "Anita", mi muñeca preferida, que me regaló mi papá-con las almohadas y peluches que solía albergar. Mi cómoda y los carteles que le pegaba según el momento del año. Si era navidad, algo del viejito pascuero; si era 18 de septiembre, hacía guirnaldas para adornar la casa; si era el mes de María (fui en colegio de monjas y en esos años era católica), improvisaba un altar, colocaba mi estatuilla de la virgen de carmen y dibujaba flores a su alrededor.
En el interruptor tenía un autoadhesivo de chispita que brillaba en la oscuridad. Y en la puerta, tres autoadhesivos de las tortugas ninja, también regalados por mi papá. Eran cuatro, uno lo pegué en una mochila en la que trasnportaba mis juguetes las raras veces que me sacaban de la casa.
Como siempre he sido niñita con todas sus letras, mi papel mural era rosado y con una franja de corazones jajaja cursi!!! pero me encantaba. Era sentirse en mi mundo propio, mi reinado, mi refugio, mi escondite.
Esas cosas se perdieron, luego la Javi ocupó mi pieza, y aunque me sentía absolutamente invadida, era la Javi, y estaba bien. Volaron mis corazones, mis autoadhesivos, mi cómoda y tantas otras cosas que quedaron aplastadas bajo una gruesa capa de pintura.
Al pensar en volver, me da la sensación de sentarme en mi cuna de bebé con mi cuerpo de mujer. Como en Alicia en el país de las maravillas, cuando tiene que agacharse para entrar a la casa de la liebre.
Ese espacio me deja a mimlímetro de esa puerta que mi niña dejó cerrada con llave hace tantos y tantos años, tan efectivamente, que nunca más encontré esa llave. Pero ese lugar me hace respirar mis secretos y las más profundas heridas de esos años, esas que la histeria ha alejado de mi conciencia, pero no lo suficiente como para pensar que no existen.
Fue en esa época en que dejé de ser lo que era, en que lo que era más transparente, más auténtico y más secreto también. Ahí ahogué tantas cosas...sólo recuerdo unas pocas, pero me veo aguantándome el llanto, sin éxito. Callando lo que me obligaban a callar y lo que no me atrevía decir. Escuchando las verdades que no quería saber, que me aterrizaban a mi mundo real, pero ese no era mi mundo, mi mundo siempre existió-aún un poco-en la fantasía, arreglando todo lo que afuera no funcionaba bien.
Toda mi infancia dibujé una familia de príncipes. Ahora, estudiando lo que estudio, entendí porqué.
Dibujaba siempre el sol a la izquierda y hacía a mis personajes con las manos ocultas y muchas veces, con los ojos cerrados. Mi mamá casi nunca tenía los ojos abiertos, ni la boca. Mi papá...no sé. Ni si quiera me acuerdo cómo lo dibujaba.
Allá mi niña me habla, me pide que le quite el polvo, le saque brillo y la lleve a la luz, de donde no debió haber salido. Pero no sabía cómo enfrentar las cosas que le pasaron siendo tan pequeña, sintió miedo y se escondió de todos, incluso de mí.
Hoy estaba leyendo esas revistas medias místicas que me gustabn a mí, y mi mamá me recomndó un artículo que hablaba del minimalismo y la sencillez. Miré la hora y me di media hora para botar todo lo que quisiera.
Aunque llevo al menos dos años botando todo lo que puedo, es impresionante la cantidad de cosas que me quedan. He podido botar mucho, menos mis diarios de vida, que dejé de escribir exactamente a los 18 años.
En menos de 20 minutos tenía sobre la camilla un montón de ropa que uso muy poco, alguna que otra cosa que me compré y nunca usé y cosas que podían servirle a más de alguien. Obedieciendo-como de costumbre-un impulso desconocido, rápidamente vacié cada uno de mis cajones, revisé todo mi closet y fui juntando cosas, finalmente, en dos bolsas grandes de supermercado.
Por fin boté mis cuadrenos del preu...ñoño! nadie puede guardarlos, pero mis cuadernos son mi "chiche", sobretodo antes, cuando era aún más prolija para tomar apuntes y si no me quedaba lidno, lo hacía de nuevo. Me gustaba mucho aprender y escribía con dedicación lo que me gustaba, ordenado, para que pudiera servirme en la universidad...con esa mentalidad de mi familia de que hay que pensar en mañana y guardar, porque puede no haber.
Y entre cuadernos del colegio y libros del preu, encontré mi colección de autoadhesivos y la de esquelas. Por enésima vez las miré, una por una. Nunca he podido deshacerme de ellas. Hoy miré mis autoadhesivos y me dije: si no los hubiese encontrado, no me acordaría que los tengo. Miré uno por uno los contenidos de ese cuaderno. Recordé sensaciones tan vívidas, incluso me acordaba de cómo me había conseguido algunos hologramas, negociables por alguno bueno que tuviese repetido. Mis autoadhesivos de Sailor Moon...mi heroína máxima de la infancia. Para ser exactos, Sailior Júpiter y Neptuno. Tenía miles de ellas, varios regalados por mi mamá y otros por amigas, con dedicatoria incluida. Incluso uno muy lindo que me regaló aquella vieja amiga que perdí. Boté el cuaderno con dedicatorias y todo.
Luego vi mi colección de esquelas. Me acordé del día del niño del ´95, cuando mi mamá me regaló muchas!!! venían con sobres y una pequeña carpeta para guardarlas. Algunas todavía tener ese olor característico que todas las niñas conocemos.
Muchas libretas casi intactas, otras a medias, de todos los tamaños. Recuerdo que tenía al rededor de 400 en total, en ese tiempo. Las coleccioné por años, era mi regalo seguro, como si hoy me regalaran una vela: siempre me va a gustar, siempre la voy a ocupar.
Guardé los sobres. Vi algunas que me recordaron a mis amigas de la infancia, las esquelas que intercambiábamos, las que le comprábamos a la señora que las vendía afuera del colegio a $50 y $100 con sobre. Escribí muchas cartas en esas libretas...me quedé con muchas sin escribir.
Traté de despegar algunas de uno de los álbumes, pero el pegamento ya estaba seco por completo y se rompían en el intento.
Las miré una por una, seleccionando sólo lo que me resultara imposible de dejar. Me quedé con 20 sobres y un par de libretas.
Al cumplirse el plazo de hora, ordené mis dos bolsas de "basura". Casi como un ritual, les di las gracias a esos objetos por acompañarme y formar parte de mi vida por tantos años. Sentí que tenían que partir, como otras cosas. Quiero volver con el alma liviana a la casa que me vio nacer, quiero que se acorte la distancia entre mi niña perdida y yo. Si bien pudiese parecer que al deshacerme de todo esto me estoy alejando más, yo no lo siento así. Botar esos recuerdos me libera de mi historia, y sólo olvidándome de mis circunstancias, puedo sentir lo que de verdad soy, la de verdad soy.
Abrí la puerta de la basura y solemnemente las tiré. Un estruendo al caer aunció que las figuritas que me regaló mi abuela, que usé colgadas en mi pieza al menos hasta los 18 años, se habían roto.
Un escalofrío me recorrió y una lágrima me quedó pendiente, pero siento en cada bocanada de aire que respiro, que mi alma se está limpiando.