Después del terremoto

27 de febrero (28 a estas alturas) de 2011 y me encuentro sana y salva en mi casa. Mi tata está en el campo, yo me vine para celebrar el cumpleaños de mi mamá con una copa en la mano, alejadas de la tragedia del año anterior, que no me dio ni para decirle feliz cumpleaños.
Revivir tantas imágenes me dejó vulnerable. Volví a sentir la angustia de la distancia y el sufrimiento de mi pueblo.
Chile podrá tener miles de defectos, pero cada día me siento más orgullosa de haber nacido en estas lejanas latitudes, donde aún se puede contar con otros, donde aún se puede sonreir en medio de las dificultades y se puede empatizar con el sufrimiento de los demás. Lo ideal es que eso fuese la constante, pero en estos tiempos, lo ideal se convierte en utopía con gran facilidad.
Este hermoso país tiene tantas heridas que sanar, heridas que han quedado a medio cerrar, como la tierra después de la visita de "ese mar que tranquilo te baña".
Aún no he podido viajar a Iloca, mi casa está ocupada con la familia de mi tío, que siguen construyendo su casa,a punta de esfuerzo y amor. En lo personal, me cuesta cerrar el ciclo hasta que no vuelva al campo a ver cómo está mi casa, a constatar con mis propios ojos que las imágenes de la televisión son ciertas, que el recuerdo de la costa maulina no es más que recuerdo.
Sé que es extraño, hasta morboso para quienes lo vivieron, pero cada vez que veo videos de esa noche, siento deseos de haber estado ahí. Tal vez mis amigos mochileros sean los únicos que me entiendan...no sé cuál es la razón, pero quisiera haberlo vivido. A nuestro modo, también sufrimos y tuvimos miedo: por la distancia, por nuestras familias, por nosotros, por el ambiente, por ver militares en las carreteras y pasar por ciudades en toque de queda. No vivimos el golpe militar, ni el terremoto del 85, ni el de 2010 y ahí estábamos, uniendo trozos de historia que un segundo se fundieron en un presente inexplicable, tan cercano y a la vez ajeno, que parecía una eterna pesadilla, pero más real que la realidad en sí misma.
Todos los cuestionamientos volvieron, desde el porqué ya no tenemos radio a pilas hasta ¿por qué no me tocó vivirlo? esa pregunta me sigue rondando de vez en cuando ¿quién soy yo para no vivirlo? ¿por qué lo no probable se confabuló esa noche? en algún momento sentí que era mi responsabilidad de "sobreviviente" el hacer algo por las personas que sufrieron el trauma de la pérdida y el desarraigo. Si bien es cierto que puse todo mi corazón en Pichiedegua, no sé si fue suficiente ¿habré cumplido? ¿Qué tengo que hacer, para qué me eximieron de esta prueba?
Cucao se desdibuja de mi mente, como un mal sueño. Lo que más recuerdo son los gritos de la mamá de Migue y él despertándonos "hubo un terremoto en Santiago". Dos horas de sueño con psicotrópicos y el pánico comprensible, pueden más que mi buena memoria.
Amo mi país, esta tierra y su gente, que lucha, que se para una y mil veces y resiste, resiste, aunque la contienda sea desigual.
Castigo o privilegio, que juzgue cada uno..VIVA CHILE MIERDA!
26 de febrero de 2010
Revivir tantas imágenes me dejó vulnerable. Volví a sentir la angustia de la distancia y el sufrimiento de mi pueblo.
Chile podrá tener miles de defectos, pero cada día me siento más orgullosa de haber nacido en estas lejanas latitudes, donde aún se puede contar con otros, donde aún se puede sonreir en medio de las dificultades y se puede empatizar con el sufrimiento de los demás. Lo ideal es que eso fuese la constante, pero en estos tiempos, lo ideal se convierte en utopía con gran facilidad.
Este hermoso país tiene tantas heridas que sanar, heridas que han quedado a medio cerrar, como la tierra después de la visita de "ese mar que tranquilo te baña".
Aún no he podido viajar a Iloca, mi casa está ocupada con la familia de mi tío, que siguen construyendo su casa,a punta de esfuerzo y amor. En lo personal, me cuesta cerrar el ciclo hasta que no vuelva al campo a ver cómo está mi casa, a constatar con mis propios ojos que las imágenes de la televisión son ciertas, que el recuerdo de la costa maulina no es más que recuerdo.
Sé que es extraño, hasta morboso para quienes lo vivieron, pero cada vez que veo videos de esa noche, siento deseos de haber estado ahí. Tal vez mis amigos mochileros sean los únicos que me entiendan...no sé cuál es la razón, pero quisiera haberlo vivido. A nuestro modo, también sufrimos y tuvimos miedo: por la distancia, por nuestras familias, por nosotros, por el ambiente, por ver militares en las carreteras y pasar por ciudades en toque de queda. No vivimos el golpe militar, ni el terremoto del 85, ni el de 2010 y ahí estábamos, uniendo trozos de historia que un segundo se fundieron en un presente inexplicable, tan cercano y a la vez ajeno, que parecía una eterna pesadilla, pero más real que la realidad en sí misma.
Todos los cuestionamientos volvieron, desde el porqué ya no tenemos radio a pilas hasta ¿por qué no me tocó vivirlo? esa pregunta me sigue rondando de vez en cuando ¿quién soy yo para no vivirlo? ¿por qué lo no probable se confabuló esa noche? en algún momento sentí que era mi responsabilidad de "sobreviviente" el hacer algo por las personas que sufrieron el trauma de la pérdida y el desarraigo. Si bien es cierto que puse todo mi corazón en Pichiedegua, no sé si fue suficiente ¿habré cumplido? ¿Qué tengo que hacer, para qué me eximieron de esta prueba?
Cucao se desdibuja de mi mente, como un mal sueño. Lo que más recuerdo son los gritos de la mamá de Migue y él despertándonos "hubo un terremoto en Santiago". Dos horas de sueño con psicotrópicos y el pánico comprensible, pueden más que mi buena memoria.
Amo mi país, esta tierra y su gente, que lucha, que se para una y mil veces y resiste, resiste, aunque la contienda sea desigual.
Castigo o privilegio, que juzgue cada uno..VIVA CHILE MIERDA!
26 de febrero de 2010
27 de febrero, 7 am

